12 mar 2019

KAFKA. Chacales y Árabes

Relato incluído en su obra Un Médico Rural nos invita a descubrir quienes son los chacales y quien el hombre del Norte.  Solo cada uno de nosotros podrá descubrirlo.

Tarde, casi noche en Chaouen Marruecos

Acampábamos en el oasis. Mis compañeros dormían. Un árabe alto y blanco pasó a mi lado, había estado ocupándose de los camellos y se dirigía a su hogar de reposo.
Me eché de espaldas en el pasto, traté de dormir, no podía; un chacal aullaba a lo lejos; volví a sentarme.Y lo que antes estaba tan lejos, de pronto estuvo cerca. Me rodeaba una multitud de chacales; ojos que destellaban como oro mate y volvían a apagarse; cuerpos esbeltos que se movían ágil y rítmicamente, como bajo un látigo.
Por detrás de mí, uno de los chacales  se acercó, pasó bajo mi brazo y se apretó contra mí, como si buscara mi calor; luego se colocó frente a mí y me habló, con los ojos casi en los míos:

-Soy con mucho el chacal más viejo. Me alegra mucho poder saludarte por fin . Ya casi había perdido toda esperanza; hace tanto que te esperábamos; mi madre te esperó, y su madre, y una tras otra todas sus madres, hasta llegar a la madre de los chacales. ¡Créelo!

- Me asombra- dije, y me olvidé de encender la pila de leños preparada para ahuyentar con el humo a los chacales-, me asombra mucho lo que dices. Sólo por casualidad he venido del lejano Norte y estoy de paso por vuestro país. ¿Que queréis de mí, chacales?

Y como alentados por estas palabras, tal vez demasiado amistosas, estrecharon el cerco en torno a mí;
todos jadeaban con la boca abierta.

-Sabemos -comenzó el decano- que vienes del Norte; en eso basamos nuestras esperanzas. Allá existe la comprensión que no encontramos entre los árabes. De esta fría arrogancia, bien lo sabes, no se puede arrancar la menor chispa de comprensión. Matan animales para comérselos y desprecian la carroña.

-No hables tan alto - dije -; hay árabes que duermen aquí cerca.

- Realmente, eres un extranjero -dijo el chacal-; si no, sabrías que ni una sola vez en la historia del mundo un chacal ha temido a un árabe. ¿Por qué habríamos de temerles? ¿No es ya bastante desdicha que debamos vivir exiliados entre semejante gente?

-Puede ser, puede ser -dije-; no quiero juzgar asuntos que están tan lejos de mi competencia; parece una enemistad muy antigua, debe estar en la sangre, tal vez solo termine con la sangre.

-Eres muy perspicaz- dijo el viejo chacal; y todos jadearon más ansiosamente; agitados, a pesar de estar inmóviles; un olor a rancio, que a veces me obligaba a apretar los dientes, emanaba de sus fauces abiertas-. Eres muy perspicaz; eso que has dicho concuerda con nuestra antigua tradición. Así es; haremos correr su sangre y terminaremos la lucha.

-¡Oh! - dije con demasiada vehemencia quizá-;  ellos se defenderán; con sus armas de fuego os matarán a miles.

-No nos comprendes -dijo él-; una condición bien humana que, según veo, también existe en el Norte. No queremos matarlos. No habría bastante agua en el Nilo para purificarnos. Nos basta ver sus cuerpos vivientes para salir corriendo hacia el aire puro, hacia el desierto, que por eso es nuestra morada.
Y todos los chacales del círculo, a los que se habían agregado mientras tanto muchos otros que venían de más lejos, hundieron los hocicos entre las patas delanteras y se los frotaron para limpiarse; parecían querer ocultar una repugnancia tan espantosa que sentí deseos de dar un gran salto sobre sus cabezas y escapar.

-Entonces, ¿que os proponéis hacer?- pregunté tratando de ponerme de pie; pero no pude; dos jóvenes bestias me habían aferrado con los dientes la chaqueta y la camisa, por detrás: tuve que quedarme sentado.

-Te sostienen la cola - explicó con serenidad el chacal viejo - ; una prueba de respeto.

-¡Soltadme! - Exclamé, volviéndome alternativamente hacia el viejo y hacia los jóvenes.

- Naturalmente, te soltarán - dijo el viejo-, ya que lo deseas. Pero tardarán un poco, porque han mordido profundamente, como es su costumbre, y ahora deben aflojar lentamente los dientes. Mientras tanto atiende nuestro pedido.

-Vuestra conducta no me ha predispuesto demasiado a atenderlo- dije.

No nos eches en cara nuestra torpeza -dijo él, y por primera vez recurrió al tono lastimero de su voz natural-; somos unas pobres bestias, sólo tenemos nuestros dientes; para todo lo que queremos hacer, lo malo y lo bueno, solo disponemos de nuestros dientes.

-Bueno, ¿que quieres? - le pregunté no muy reconciliado-.

- Señor- exclamó, y todos los chacales aullaron; lejanamente, remotamente, me pareció una melodía-.
Señor, tú debes poner fin a esta lucha que divide el mundo en dos bandos. Exactamente como eres tú, nuestros antepasados nos describieron al hombre que llevaría a cabo la empresa. Queremos que los árabes nos dejen en paz; aire respirable; que la mirada se pierda en un horizonte purificado de su presencia; no oír el quejido de la oveja que el árabe degüella; que todos los animales mueran en paz; para ser purificados por nosotros, sin interferencia ajena, hasta que hayamos vaciado sus osamentas y pelado sus huesos. Pureza, queremos sólo pureza - y aquí lloraban, sollozaban todos- .¿Como soportas este mundo, noble corazón y dulce entraña? Porquería es su blancura; porquería es su negrura; un horror son sus barbas; basta ver la órbita de sus ojos para escupir; y cuando alzan el brazo, vemos en sus axilas la entrada del infierno. Por eso, señor; por eso, ¡oh amado señor!, con la ayuda de tus manos todopoderosas, degüéllalos con estas tijeras.
Y, respondiendo a un movimiento de su cabeza, apareció un chacal, de uno de cuyos colmillos colgaba un pequeño par de tijeras de costura, cubierto de antiguo orín.

- Bueno, ya aparecieron las tijeras,  ¡y ahora basta! - Exclamó el guía árabe de nuestra caravana, que se había deslizado hacia nosotros con el viento en contra y hacía silbar ahora su enorme látigo.
Todos huyeron rápidamente, pero a cierta distancia se detuvieron, estrechamente  apretados entre sí;
todas esas bestias se reunieron en un grupo tan rígido y apiñado que parecía un pequeño hato acorralado por fuegos fatuos.

-Así que tú también. señor, has contemplado y oído esta comedia -dijo el árabe-, y rió tan alegremente como le permitía la reserva de su raza.

-¿Tú también sabes lo que quieren esas bestias? -  pregunté.
-Naturalmente, señor -dijo él- ; todo el mundo lo sabe; mientras existan árabes, esas tijeras se pasearán por el desierto y seguirán vagando con nosotros hasta el último día. A todo europeo se las ofrecen para que lleve a cabo la gran empresa; todo europeo es justamente aquél que ellos creen enviado por el destino. Esos animales alimentan una loca esperanza; bobos, son verdaderos bobos. Por eso los queremos; son nuestros perros, más hermosos que los vuestros. Fijáte; esta noche murió un camello; lo hice traer aquí.

Aparecieron cuatro mozos que arrojaron ante nosotros el pesado cadáver. Apenas lo depositaron, los chacales elevaron sus voces. Como arrastrados por otras tantas cuerdas irresistibles, se acercaron titubeantes, frotando el suelo con el cuerpo. Se habían olvidado de los árabes, olvidado de su odio; la presencia del hediondo cadáver los hechizaba, borraba todo lo demás. Ya uno se prendía del cuello y con el primer mordisco llegaba hasta la aorta. Como una diminuta y vehemente bomba aspirante que quisiera con tanta decisión como pocas probabilidades de éxito apagar algún enorme incendio, cada músculo de su cuerpo se estremecía y se esforzaba en su tarea.
Y pronto se entregaron todos a la misma tarea, amontonados sobre el cadáver como una montaña.
Entonces el guía los fustigó una y otra vez con su cortante látigo, vigorosamente. Alzaron la cabeza en una especie de paroxismo extasiado, vieron ante ellos a los árabes, sintieron el látigo en los hocicos, dieron un salto hacia atrás y retrocedieron corriendo hasta cierta distancia. Pero la sangre del camello ya había formado charcos en el suelo, humeaba; el cuerpo estaba abierto en varios sitios; volvieron; nuevamente alzó el guía su látigo; detuve su brazo.

-Tienes razón, señor - me dijo -; dejémoslos seguir con su tarea; además, ya es hora de levantar el campamento. Lo has visto. Maravillosas bestias, ¿no es verdad? ¡Y como nos odian!

7 mar 2019

GURGAN, PERSIA. UNA LEYENDA IMAGINADA



Había en la antigüedad una provincia situada en el suroeste del Mar Caspio llamada Hircania. Fue importante en la época sasánida como baluarte del Imperio contra los nómadas del Norte y por ello contaba con numerosas fortalezas y una gran muralla. Los árabes la sometieron a tributo en 650 para conquistarla definitivamente en el 716. Fundaron en ella la ciudad de Gurgán, junto al río del mismo nombre, próspera en los siglos IX y X por el comercio de la seda y destruida durante la invasión de los mogoles en el siglo XIV. En la actualidad Gurgán es la capital de Golestán provincia de Irán y esta es la leyenda que refleja esta miniatura Persa del Siglo XVI




El Rey de Gurgán en Persia tenía dos hijos, uno valiente y decidido, y el otro sensible y prudente, todos en el reino vivían en paz y prósperamente pues la ciudad, en plena Ruta de la Seda, era atravesada continuamente por caravanas de mercaderes que transportaban no solo seda sino exquisitas telas y otras mercancías de gran valor y, por tanto, dejaban una buena parte de sus beneficios en la ciudad. 

Sin ningún genero de dudas era la ruta preferida por la seguridad que ofrecía atravesar esos territorios.

Los habitantes de Gurgán vivían una continua paz, sin sombra de bandidos ni  de amenaza de ninguna clase, nunca se preocuparon por tanto de organizar un numeroso ejército de defensa pues con las fuerzas que ya disponían garantizaban el orden y la paz en la ciudadela. No imaginaban lo vulnerables que resultaban ante la codicia de otros pueblos no muy lejos del suyo.
Un día, el rey recibió noticias a través de un mensajero del Khan de los mogoles ofreciendo dos alternativas: o la destrucción total del reino o la paz sometida a tributo. Ante ello reunió a sus dos hijos quienes le aconsejaron que convocase a la élite de la ciudad: sabios, escribas, notables y encargados de su defensa fueron llamados a consejo. Ese consejo lo presidian el rey y sus dos hijos: Masrur llamado “El Verdugo” por el rigor con el que mantenía el orden en la ciudad y a la disciplinada tropa y Fuad llamado “El poseído por el buen espíritu” amante de la música, de la espiritualidad y de la poesía.
Comenzó el consejo en el que se expuso la propuesta del Gran Khan y, mientras la mayoría opinaba que lo más acertado era someterse porqué pensaban que ante el ejército de los mogoles no había alternativa de victoria. Masrur, el valiente hijo del Rey intervino opinando lo contrario y calificando de cobardes (quizás ante el peligro de ser aniquilada su familia como gobernantes) a los que defendían la claudicación y defendiendo una propuesta de defensa que seguramente sería un suicidio para todos los habitantes de la ciudadela.
Preguntado por su postura, el segundo hijo Fuad,  “el espiritual” éste optó como la mayoría por la paz incluso sugiriendo que se ofreciera a los invasores la posibilidad de que su familia abandonase el territorio mediante una salida digna y negociada (quizás guiado por el instinto de supervivencia). Posición que su otro hermano consideró como decepcionante e indigna del hijo de un Rey y así lo proclamó ante todos.
Ante la falta de acuerdo al Rey se le ocurrió consultar también a los adivinos y para ello les convocó al día siguiente a consejo, pero sus dotes de adivinación, posiblemente influidas por el miedo a las represalias por sus augurios, no llegaban a sugerir ningún tipo de acción ante la amenaza que ni ellos habían sido capaces de predecir. Solo uno llamado Qamaquím solicitó que vertieran agua sobre un cuenco de oro que llevaba siempre consigo, así lo hicieron, pronunció una fórmula mágica y se inclinó en busca de la visión. Y lo que se le reveló en el cuenco le produjo estupor pues vio un mar de fuego que se aproximaba a la ciudadela. Comunicó su visión al rey y esta produjo sorpresa, desconcierto, y, en general risas. Qamaquim, no obstante aconsejó que había que protegerse contra "un bosque de fuego en movimiento" ante lo que Masrur o “El Verdugo”, le aconsejó: “Si no callas y sigues con tus locuras quién irá al fuego serás tú”.  Ante esa reacción de los poderosos, el resto de los adivinos enmudecieron definitivamente y ante ello Masrur construyó una encendida defensa de su opinión, reiterándose en plantar valientemente batalla. 
Convenció con su intervención a su padre el Rey pero no al resto incluido a su hermano Fuad. Al verse cuestionado por éste Masrur acusó de nuevo públicamente a su hermano de desleal y traidor por sugerir incluso el destierro de su familia y el abandono de sus súbditos a la cruel suerte de los mogoles. Ante esa posibilidad prácticamente la totalidad del consejo se inclinó por la defensa de la ciudadela. El Rey, por su parte también se inclinó por no contradecir a su hijo ante la posibilidad en caso contrario de quedar como cobarde ante su pueblo, temeroso, por otra parte de los reproches públicos de su hijo y las seguras descalificaciones hacia la cobarde postura tanto de su padre y hermano como de todo aquél que les apoyase, ante las cuales  no podrían librarse ni defenderse, y, que posiblemente Masrur utilizaría para usurpar el puesto como Rey a su padre enviándole junto con su hermano al exilio. Ante todas esas elucubraciones, el Rey decidió definitivamente optar por la defensa de la plaza y nombró a Masrur general responsable de la ciudadela y sus murallas.
Convocó el rey al mensajero de los mogoles y le entregó una carta para el Khan en el que lamentaba el anuncio de invasión y justificaba que la opción era la defensa antes que la sumisión pues se consideraban un pueblo pacífico pero valiente y no dispuesto a entregar la ciudad sin defenderla.
Y así llegó la misiva al Khan, quién en su soberbia decidió arrasar Gurgán y no dejar piedra en pie. Así como eliminar tanto al rey como a todos los suyos tal como en Gurgán sospechaban.
Tomóse muy en serio Masrur la defensa de la ciudadela y sus habitantes y en consejo supuso que puesto que sus murallas eran prácticamente inexpugnables los mogoles optarían por el asedio, para lo cual amontonaron provisiones, hicieron túneles para burlar el cerco del enemigo e incluso desviaron parte del cauce del río cercano mediante ramales y acequias que garantizaban el suministro de agua a la ciudad. Enseñó a todos los hombres disponibles el manejo del arco y almacenaron, (sin perder de vista la visión del mago Qamaquim sobre "el bosque de fuego en movimiento") grandes cantidades de agua en depósitos en los cuatro puntos de la ciudadela para apagar incendios; reforzaron puertas bisagras y todos los accesos y puntos sensibles y así, día a día la defensa era organizada pero también día a día un numeroso ejercito al mando del mejor general del Khan avanzaba dirigiéndose hacia Gurgán.
Mientras Fuad "el poseído por el buen espíritu" se perdía entre libros antiguos tratando de encontrar entre la sabiduría de los antepasados alguna fórmula que contribuyese a la defensa de la ciudad y en esto encontró lo siguiente:
"¿No has visto lo que tu Sustentador hizo con el Ejército del Elefante?
¿No hizo fracasar por completo su estratagema?
Pues envió contra ellos grandes bandadas de criaturas voladoras que hicieron llover sobre ellos golpes Contundentes de un castigo prescrito, dejándolos como un sembrado devorado por el ganado".
Corán 105
Y decidió Fuad centrarse y estudiar sobre ello y al encontrarse sólo se encomendó a Dios, como hace la mayoría de los humanos cuando se encuentran en serios apuros que ni saben ni pueden controlar. Y pidió ayuda y su llamada fue escuchada y atendida.
Y recibió Fuad la visita de unos ángeles tras la recitación, pero el Demonio, siempre atento acechaba y, como uno de sus atributos es la precipitación, oyó la recitación, la aprendió y salió para inspirar al enemigo la forma en la que debía de protegerse de los estudios de Fuad. Su precipitación y la intervención de Gabriel le veló de la visita de varios de sus ángeles que pusieron en manos de Fuad unos  instrumentos celestiales con los cuales acompañar la recitación que impediría en última instancia la invasión de Gurgán.
Llegó el Demonio e inspiró al enemigo que en Gurgán le combatirían, sólo con la fe y unas pocas armas, a lo que el enemigo respondió: "A la Fe se la combate con el fuego". ¡Ya veremos quien es el más poderoso!
Entre tanto en la ciudadela Masrur ultimaba los preparativos de la defensa y una noche...
Un centinela tocó el cuerno de alarma. Detrás de las colinas se vislumbraba un gran resplandor, y un tenue sonido como de truenos que poco a poco avanzaba. En poco tiempo se podía escuchar el tremendo y amenazante ruido de los timbales y ¡Efectivamente, "un bosque de fuego", avanzaba hacia la ciudadela! ¡Qamaquim el mago tenía razón! Ahora su profecía cobraba sentido y como si se tratase de la lava de un volcán el fuego y el humo avanzaban en la noche derramándose por las laderas de las cercanas colinas; todos los mogoles portando antorchas se dirigían hacia las murallas de la ciudadela entre el estremecedor redoble de los tambores en una escena sobrecogedora que presagiaba una tormenta de muerte. Pero la tormenta de muerte iba a transcurrir de otra manera muy diferente.
Al ser conscientes de que la amenaza se aproximaba, los hombres en el interior de la ciudadela al mando de Masrur desconcertados por la visión del fuego y del humo, ensordecidos por el siniestro estruendo de los tambores y el presagio de una inminente gran masacre en la batalla, comenzaron a tomar posiciones en las murallas, mientras, la población aterrorizada corría de un lado a otro de la ciudadela como pequeñas ratas sin saber que hacer ni donde esconderse. Los arqueros tensaban ya sus arcos pero tanto por  la oscuridad de la noche como por el resplandor de las antorchas de las tropas del Khan, no podían determinar hacia donde tenían que apuntar y por tanto  dirigir sus flechas.  Todo era griterío, pánico y caos; salvo en una de las torres, la que ocupaba Fuad, "el poseído por el buen espíritu", que desde la altura contemplaba serenamente las escenas de pánico.
Los tambores invasores callaron de pronto y solo durante unos minutos pudo oírse solamente los gritos de desesperación que delataban el  pánico en el interior de la ciudadela. A continuación un grupo coordinado de toques de cuerno dio lugar nuevamente al estruendo de los tambores y un tremendo griterío lanzado por los guerreros del Khan hizo estremecerse la tierra.
En ese momento Fuad tomó el instrumento acompañado de varios ángeles y comenzó la recitación, frente al estruendo del caos en el inicio de la batalla podían escucharse las armoniosas notas que procedían de lo alto de la torre, estas fueron convirtiéndose en una ligera neblina que envolvió al ejército enemigo para una vez llegar a su misma altura ocultar a los atacantes en una densa y negruzca niebla, que derivó en una torrencial lluvia que se abría paso entre el resplandor de los relámpagos y el fragor de los rayos y que anuló por completo el estruendo de los tambores y apagó tanto las antorchas como el ardor de los guerreros del Khan, minando su confianza, anulando su poder y enterrándoles para siempre en el fango. La  tierra se abrió en un gran estruendo, engullendo a todo el ejército, a toda la maquinaria de guerra y a sus generales, para volver a cerrarse inmediatamente y crecer en su lugar de la noche a la mañana tantos cedros  como soldados había en el ejército invasor y hoy en día a este lugar todavía se le conoce como "El bosque de los cedros de Dios".
La armoniosa música cesó, la ciudadela atónita se salvó. Masrur, el guerrero que había escuchado también la música sabía que procedía de la intervención de su hermano, corrió a contar a su padre todos los maravillosos hechos y también a agradecer a su hermano tanto su secreta preocupación por la liberación de la Ciudadela  como su intervención en la definitiva victoria y en definitiva a pedir perdón por las públicas ofensas de las que les hizo objeto.
Masrur y su padre el Rey se dirigieron a los aposentos de Fuad, y allí descubrieron montones de libros abiertos y siete instrumentos musicales abandonados que no conocían pero en los aposentos no había nadie ni rastro del muchacho. Una vez terminada la batalla partió en compañía de los ángeles para no regresar.
El ejército invasor había desaparecido como obra del mal y Fuad había desaparecido como obra del bien. El Khan nunca se explicó la desaparición de su temido ejército y por tanto no se atrevió a enviar mas mensajeros con amenazas de invasión a Gurgán y por tanto sus gentes continuaron viviendo en paz sin ninguna amenaza y es ciudad próspera hasta nuestros días habitada por ciudadanos valientes, nobles y buenos.
La realidad fue un poco distinta ya que en la realidad Gurgán fue completamente destruída en el siglo XIII por los mogoles desplazándose el centro de la región hasta Astarabad que es la actual Gorgan pero este relato también podría haber ocurrido con mucha fe.