A los que estuvieron en la ladera del
Sinaí.
A todos nosotros.
En el Éxodo.
De día una columna de nube y de noche
un resplandor nos guiaba,
pero había un tercer elemento,
también en el firmamento.
El humo invisible de la discordia allí
estaba.
Subía de la leña quemada, que el
fuego del descontento alimentaba,
¡Haber cambiado Egipto por una vida misera y errante!
Israel no se resignaba,
a esa nada de ahora en adelante.
a esa nada de ahora en adelante.
Sus casas y parte de sus vidas atrás
quedaron,
y ahora vagaban sin horizonte
cierto;
salvo promesas y el desierto,
nada más encontraron.
nada más encontraron.
A Dios por ello culpaban y rechazaban
siempre que Moisés se ausentaba.
Algo nuevo y tangible,
algo que adorar, ver y tocar necesitaban.
y eso -pensaban - todo lo haría posible.
algo que adorar, ver y tocar necesitaban.
y eso -pensaban - todo lo haría posible.
Y en su ausencia un ídolo al que
quejarse construyeron
“Quizás las cosas cambien en
adelante”- pensaron -
Y así, reuniendo todo el oro de
Israel,
un becerro de oro construyeron con él,
al que adoraron y a él desde entonces
se quejaron.
Al regresar Moisés:
Las Tablas de la Ley y el becerro
frente a frente se encontraron.
En ira Moisés se encendió.
Las Tablas rompió y al ídolo destruyó,
los hombres finalmente al becerro
quemaron;
más sus cenizas al cielo volaron
y, recogidas por la nube de humo
invisible
sobre Israel y sus descendientes
regresaron,
y en forma de lluvia tangible,
sus
corazones y mentes,
las cenizas para siempre empaparon.
Y desde entonces dentro de cada hombre
esas cenizas habitan
pero en forma de discordia, ambición e
insaciable deseo de dinero
por el “nunca es suficiente” los
corazones palpitan.
Y en su frente grabaron: "Solo eso es lo que quiero".
Todo ello genera envidias y violencia
que en nosotros vivirá hasta el final
de los tiempos.
No hay remedio ni medicina, ninguna
ciencia,
perecieron para siempre la honestidad y la prudencia.
El becerro tomó de nuevo la forma de
humo invisible
y a una nueva generación de hombres
espera
de nuevo en su puesto, con sus armas,
invencible.
Lo volverás a encontrar, ¡Seguro!
Allá en el Monte Sinaí, en la
ladera.
El becerro acecha, sin prisa...
“De nuevo
vendrán” -dice-.
No es quimera,
