7 mar 2019

GURGAN, PERSIA. UNA LEYENDA IMAGINADA



Había en la antigüedad una provincia situada en el suroeste del Mar Caspio llamada Hircania. Fue importante en la época sasánida como baluarte del Imperio contra los nómadas del Norte y por ello contaba con numerosas fortalezas y una gran muralla. Los árabes la sometieron a tributo en 650 para conquistarla definitivamente en el 716. Fundaron en ella la ciudad de Gurgán, junto al río del mismo nombre, próspera en los siglos IX y X por el comercio de la seda y destruida durante la invasión de los mogoles en el siglo XIV. En la actualidad Gurgán es la capital de Golestán provincia de Irán y esta es la leyenda que refleja esta miniatura Persa del Siglo XVI




El Rey de Gurgán en Persia tenía dos hijos, uno valiente y decidido, y el otro sensible y prudente, todos en el reino vivían en paz y prósperamente pues la ciudad, en plena Ruta de la Seda, era atravesada continuamente por caravanas de mercaderes que transportaban no solo seda sino exquisitas telas y otras mercancías de gran valor y, por tanto, dejaban una buena parte de sus beneficios en la ciudad. 

Sin ningún genero de dudas era la ruta preferida por la seguridad que ofrecía atravesar esos territorios.

Los habitantes de Gurgán vivían una continua paz, sin sombra de bandidos ni  de amenaza de ninguna clase, nunca se preocuparon por tanto de organizar un numeroso ejército de defensa pues con las fuerzas que ya disponían garantizaban el orden y la paz en la ciudadela. No imaginaban lo vulnerables que resultaban ante la codicia de otros pueblos no muy lejos del suyo.
Un día, el rey recibió noticias a través de un mensajero del Khan de los mogoles ofreciendo dos alternativas: o la destrucción total del reino o la paz sometida a tributo. Ante ello reunió a sus dos hijos quienes le aconsejaron que convocase a la élite de la ciudad: sabios, escribas, notables y encargados de su defensa fueron llamados a consejo. Ese consejo lo presidian el rey y sus dos hijos: Masrur llamado “El Verdugo” por el rigor con el que mantenía el orden en la ciudad y a la disciplinada tropa y Fuad llamado “El poseído por el buen espíritu” amante de la música, de la espiritualidad y de la poesía.
Comenzó el consejo en el que se expuso la propuesta del Gran Khan y, mientras la mayoría opinaba que lo más acertado era someterse porqué pensaban que ante el ejército de los mogoles no había alternativa de victoria. Masrur, el valiente hijo del Rey intervino opinando lo contrario y calificando de cobardes (quizás ante el peligro de ser aniquilada su familia como gobernantes) a los que defendían la claudicación y defendiendo una propuesta de defensa que seguramente sería un suicidio para todos los habitantes de la ciudadela.
Preguntado por su postura, el segundo hijo Fuad,  “el espiritual” éste optó como la mayoría por la paz incluso sugiriendo que se ofreciera a los invasores la posibilidad de que su familia abandonase el territorio mediante una salida digna y negociada (quizás guiado por el instinto de supervivencia). Posición que su otro hermano consideró como decepcionante e indigna del hijo de un Rey y así lo proclamó ante todos.
Ante la falta de acuerdo al Rey se le ocurrió consultar también a los adivinos y para ello les convocó al día siguiente a consejo, pero sus dotes de adivinación, posiblemente influidas por el miedo a las represalias por sus augurios, no llegaban a sugerir ningún tipo de acción ante la amenaza que ni ellos habían sido capaces de predecir. Solo uno llamado Qamaquím solicitó que vertieran agua sobre un cuenco de oro que llevaba siempre consigo, así lo hicieron, pronunció una fórmula mágica y se inclinó en busca de la visión. Y lo que se le reveló en el cuenco le produjo estupor pues vio un mar de fuego que se aproximaba a la ciudadela. Comunicó su visión al rey y esta produjo sorpresa, desconcierto, y, en general risas. Qamaquim, no obstante aconsejó que había que protegerse contra "un bosque de fuego en movimiento" ante lo que Masrur o “El Verdugo”, le aconsejó: “Si no callas y sigues con tus locuras quién irá al fuego serás tú”.  Ante esa reacción de los poderosos, el resto de los adivinos enmudecieron definitivamente y ante ello Masrur construyó una encendida defensa de su opinión, reiterándose en plantar valientemente batalla. 
Convenció con su intervención a su padre el Rey pero no al resto incluido a su hermano Fuad. Al verse cuestionado por éste Masrur acusó de nuevo públicamente a su hermano de desleal y traidor por sugerir incluso el destierro de su familia y el abandono de sus súbditos a la cruel suerte de los mogoles. Ante esa posibilidad prácticamente la totalidad del consejo se inclinó por la defensa de la ciudadela. El Rey, por su parte también se inclinó por no contradecir a su hijo ante la posibilidad en caso contrario de quedar como cobarde ante su pueblo, temeroso, por otra parte de los reproches públicos de su hijo y las seguras descalificaciones hacia la cobarde postura tanto de su padre y hermano como de todo aquél que les apoyase, ante las cuales  no podrían librarse ni defenderse, y, que posiblemente Masrur utilizaría para usurpar el puesto como Rey a su padre enviándole junto con su hermano al exilio. Ante todas esas elucubraciones, el Rey decidió definitivamente optar por la defensa de la plaza y nombró a Masrur general responsable de la ciudadela y sus murallas.
Convocó el rey al mensajero de los mogoles y le entregó una carta para el Khan en el que lamentaba el anuncio de invasión y justificaba que la opción era la defensa antes que la sumisión pues se consideraban un pueblo pacífico pero valiente y no dispuesto a entregar la ciudad sin defenderla.
Y así llegó la misiva al Khan, quién en su soberbia decidió arrasar Gurgán y no dejar piedra en pie. Así como eliminar tanto al rey como a todos los suyos tal como en Gurgán sospechaban.
Tomóse muy en serio Masrur la defensa de la ciudadela y sus habitantes y en consejo supuso que puesto que sus murallas eran prácticamente inexpugnables los mogoles optarían por el asedio, para lo cual amontonaron provisiones, hicieron túneles para burlar el cerco del enemigo e incluso desviaron parte del cauce del río cercano mediante ramales y acequias que garantizaban el suministro de agua a la ciudad. Enseñó a todos los hombres disponibles el manejo del arco y almacenaron, (sin perder de vista la visión del mago Qamaquim sobre "el bosque de fuego en movimiento") grandes cantidades de agua en depósitos en los cuatro puntos de la ciudadela para apagar incendios; reforzaron puertas bisagras y todos los accesos y puntos sensibles y así, día a día la defensa era organizada pero también día a día un numeroso ejercito al mando del mejor general del Khan avanzaba dirigiéndose hacia Gurgán.
Mientras Fuad "el poseído por el buen espíritu" se perdía entre libros antiguos tratando de encontrar entre la sabiduría de los antepasados alguna fórmula que contribuyese a la defensa de la ciudad y en esto encontró lo siguiente:
"¿No has visto lo que tu Sustentador hizo con el Ejército del Elefante?
¿No hizo fracasar por completo su estratagema?
Pues envió contra ellos grandes bandadas de criaturas voladoras que hicieron llover sobre ellos golpes Contundentes de un castigo prescrito, dejándolos como un sembrado devorado por el ganado".
Corán 105
Y decidió Fuad centrarse y estudiar sobre ello y al encontrarse sólo se encomendó a Dios, como hace la mayoría de los humanos cuando se encuentran en serios apuros que ni saben ni pueden controlar. Y pidió ayuda y su llamada fue escuchada y atendida.
Y recibió Fuad la visita de unos ángeles tras la recitación, pero el Demonio, siempre atento acechaba y, como uno de sus atributos es la precipitación, oyó la recitación, la aprendió y salió para inspirar al enemigo la forma en la que debía de protegerse de los estudios de Fuad. Su precipitación y la intervención de Gabriel le veló de la visita de varios de sus ángeles que pusieron en manos de Fuad unos  instrumentos celestiales con los cuales acompañar la recitación que impediría en última instancia la invasión de Gurgán.
Llegó el Demonio e inspiró al enemigo que en Gurgán le combatirían, sólo con la fe y unas pocas armas, a lo que el enemigo respondió: "A la Fe se la combate con el fuego". ¡Ya veremos quien es el más poderoso!
Entre tanto en la ciudadela Masrur ultimaba los preparativos de la defensa y una noche...
Un centinela tocó el cuerno de alarma. Detrás de las colinas se vislumbraba un gran resplandor, y un tenue sonido como de truenos que poco a poco avanzaba. En poco tiempo se podía escuchar el tremendo y amenazante ruido de los timbales y ¡Efectivamente, "un bosque de fuego", avanzaba hacia la ciudadela! ¡Qamaquim el mago tenía razón! Ahora su profecía cobraba sentido y como si se tratase de la lava de un volcán el fuego y el humo avanzaban en la noche derramándose por las laderas de las cercanas colinas; todos los mogoles portando antorchas se dirigían hacia las murallas de la ciudadela entre el estremecedor redoble de los tambores en una escena sobrecogedora que presagiaba una tormenta de muerte. Pero la tormenta de muerte iba a transcurrir de otra manera muy diferente.
Al ser conscientes de que la amenaza se aproximaba, los hombres en el interior de la ciudadela al mando de Masrur desconcertados por la visión del fuego y del humo, ensordecidos por el siniestro estruendo de los tambores y el presagio de una inminente gran masacre en la batalla, comenzaron a tomar posiciones en las murallas, mientras, la población aterrorizada corría de un lado a otro de la ciudadela como pequeñas ratas sin saber que hacer ni donde esconderse. Los arqueros tensaban ya sus arcos pero tanto por  la oscuridad de la noche como por el resplandor de las antorchas de las tropas del Khan, no podían determinar hacia donde tenían que apuntar y por tanto  dirigir sus flechas.  Todo era griterío, pánico y caos; salvo en una de las torres, la que ocupaba Fuad, "el poseído por el buen espíritu", que desde la altura contemplaba serenamente las escenas de pánico.
Los tambores invasores callaron de pronto y solo durante unos minutos pudo oírse solamente los gritos de desesperación que delataban el  pánico en el interior de la ciudadela. A continuación un grupo coordinado de toques de cuerno dio lugar nuevamente al estruendo de los tambores y un tremendo griterío lanzado por los guerreros del Khan hizo estremecerse la tierra.
En ese momento Fuad tomó el instrumento acompañado de varios ángeles y comenzó la recitación, frente al estruendo del caos en el inicio de la batalla podían escucharse las armoniosas notas que procedían de lo alto de la torre, estas fueron convirtiéndose en una ligera neblina que envolvió al ejército enemigo para una vez llegar a su misma altura ocultar a los atacantes en una densa y negruzca niebla, que derivó en una torrencial lluvia que se abría paso entre el resplandor de los relámpagos y el fragor de los rayos y que anuló por completo el estruendo de los tambores y apagó tanto las antorchas como el ardor de los guerreros del Khan, minando su confianza, anulando su poder y enterrándoles para siempre en el fango. La  tierra se abrió en un gran estruendo, engullendo a todo el ejército, a toda la maquinaria de guerra y a sus generales, para volver a cerrarse inmediatamente y crecer en su lugar de la noche a la mañana tantos cedros  como soldados había en el ejército invasor y hoy en día a este lugar todavía se le conoce como "El bosque de los cedros de Dios".
La armoniosa música cesó, la ciudadela atónita se salvó. Masrur, el guerrero que había escuchado también la música sabía que procedía de la intervención de su hermano, corrió a contar a su padre todos los maravillosos hechos y también a agradecer a su hermano tanto su secreta preocupación por la liberación de la Ciudadela  como su intervención en la definitiva victoria y en definitiva a pedir perdón por las públicas ofensas de las que les hizo objeto.
Masrur y su padre el Rey se dirigieron a los aposentos de Fuad, y allí descubrieron montones de libros abiertos y siete instrumentos musicales abandonados que no conocían pero en los aposentos no había nadie ni rastro del muchacho. Una vez terminada la batalla partió en compañía de los ángeles para no regresar.
El ejército invasor había desaparecido como obra del mal y Fuad había desaparecido como obra del bien. El Khan nunca se explicó la desaparición de su temido ejército y por tanto no se atrevió a enviar mas mensajeros con amenazas de invasión a Gurgán y por tanto sus gentes continuaron viviendo en paz sin ninguna amenaza y es ciudad próspera hasta nuestros días habitada por ciudadanos valientes, nobles y buenos.
La realidad fue un poco distinta ya que en la realidad Gurgán fue completamente destruída en el siglo XIII por los mogoles desplazándose el centro de la región hasta Astarabad que es la actual Gorgan pero este relato también podría haber ocurrido con mucha fe.



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