23 may 2016

El Becerro de Oro (Revisited) -Francisco López-

A los que estuvieron en la ladera del Sinaí.
A todos nosotros.

En el Éxodo.


De día una columna de nube y de noche un resplandor nos guiaba,
pero había un tercer elemento,
también en el firmamento.
El humo invisible de la discordia allí estaba.
Subía de la leña quemada, que el fuego del descontento alimentaba,
¡Haber cambiado Egipto por una vida misera y errante!
Israel no se resignaba,
a esa nada de ahora en adelante.

Sus casas y parte de sus vidas atrás quedaron,
y ahora vagaban sin horizonte cierto;
salvo promesas y el desierto,
nada más encontraron.

A Dios por ello culpaban y rechazaban
siempre que Moisés se ausentaba.

Algo nuevo y tangible,
algo que adorar, ver y tocar necesitaban.
y eso -pensaban - todo lo haría posible.

Y en su ausencia un ídolo al que quejarse construyeron
“Quizás las cosas cambien en adelante”- pensaron -
Y así, reuniendo todo el oro de Israel,
un becerro de oro construyeron con él,
al que adoraron y a él desde entonces se quejaron.

Al regresar Moisés:
Las Tablas de la Ley y el becerro frente a frente se encontraron.
En ira Moisés se encendió.
Las Tablas rompió y al ídolo destruyó,
los hombres finalmente al becerro quemaron;
más sus cenizas al cielo volaron
y, recogidas por la nube de humo invisible
sobre Israel y sus descendientes regresaron,
y en forma de lluvia tangible, 
sus corazones y mentes,
las cenizas para siempre empaparon.

Y desde entonces dentro de cada hombre esas cenizas habitan
pero en forma de discordia, ambición e insaciable deseo de dinero
por el “nunca es suficiente” los corazones palpitan.
Y en su frente grabaron: "Solo eso es lo que quiero".

Todo ello genera envidias y violencia
que en nosotros vivirá hasta el final de los tiempos.
No hay remedio ni medicina, ninguna ciencia,
perecieron para siempre la honestidad y la prudencia.

El becerro tomó de nuevo la forma de humo invisible
y a una nueva generación de hombres espera
de nuevo en su puesto, con sus armas, invencible.

Lo volverás a encontrar, ¡Seguro!
Allá en el Monte Sinaí, en la ladera.
El becerro acecha, sin prisa... 
“De nuevo vendrán” -dice-.
No es quimera, 

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