19 may 2016

El Árbol de la Ciencia y de la Vida -Francisco López-




El Árbol de La Ciencia y de La Vida era uno más del Paraíso,
pero se convirtió por elección de Dios en el más Excelso.

Sus profundas raíces penetraban hasta el centro de la tierra
y se bifurcaban en dos ramales,
parte de las raíces iban hacia la izquierda,
tomaban su alimento en lo más profundo de la sima del gran volcán,
donde sólo hay tierra y fuego,
su lava era la savia del árbol, su energía, su elemento vivificador.

La otra parte de las raíces iban hacia la derecha,
hacia un sereno lago de aguas verde azuladas.

De donde sólo había sosiego y quietud,
se alimentaba también el árbol.

Su tronco: el eje universal que une el inframundo con lo mas excelso.

Las poderosas ramas se dirigían hacia el cielo,
cargadas de todas las semillas y frutos que existen
y de hojas de varios colores:
Rojas las de la parte izquierda del árbol, alimentadas por lava.
Verdes las de la derecha, hijas del agua pura.

Dos clases más de hojas había:
En la copa como intervención del cielo, iluminadas por su luz:
hojas de oro, cada hoja era un número:
uno, dos, tres, cuatro...
y hojas de plata, cada hoja una letra...
Alef, Bet, Gimel, Dalet...
No había cero, ni letra para la nada.

El soplo de Dios convertido en suave brisa
completa la fórmula: fuego tierra, agua y el soplo divino,
que, agitando las ramas, provoca un dialogo entre las hojas.
Y así:

Del rumor de las hojas rojas proviene la ira,
del rumor de las verdes, la paz, la paciencia y la serenidad.
Con el rumor de las hojas de plata se forman las palabras
y con el de las hojas de oro se forjan los destinos.

Así es la Creación bajo el soplo de Dios:
Unas veces como brisa se manifiesta amable y pacífica.
Otras, como huracán, manifiesta su enojo y advierte.

Pero el incierto destino de los humanos se forja al azar.
De una conversación entre las hojas nace la sinfonía de la naturaleza;
cuya Obertura, Movimientos y Gran Final
Sòlo las hojas de ese árbol finalmente determinan.



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