
El Árbol de La Ciencia y de La Vida
era uno más del Paraíso,
pero se convirtió por elección de
Dios en el más Excelso.
Sus profundas raíces penetraban hasta
el centro de la tierra
y se bifurcaban en dos ramales,
parte de las raíces iban hacia la
izquierda,
tomaban su alimento en lo más
profundo de la sima del gran volcán,
donde sólo hay tierra y fuego,
donde sólo hay tierra y fuego,
su lava era la savia del árbol, su
energía, su elemento vivificador.
La otra parte de las raíces iban hacia
la derecha,
hacia un sereno lago de aguas verde
azuladas.
De donde sólo había sosiego y
quietud,
se alimentaba también el árbol.
Su tronco: el eje universal que une el
inframundo con lo mas excelso.
Las poderosas ramas se dirigían hacia
el cielo,
cargadas de todas las semillas y frutos
que existen
y de hojas de varios colores:
Rojas las de la parte izquierda del
árbol, alimentadas por lava.
Verdes las de la derecha, hijas del
agua pura.
Dos clases más de hojas había:
En la copa como intervención del cielo, iluminadas por su luz:
hojas de oro, cada hoja era un número:
uno, dos, tres, cuatro...
y hojas de plata, cada hoja una
letra...
Alef, Bet, Gimel, Dalet...
No había cero, ni letra para la nada.
El soplo de Dios convertido en suave
brisa
completa la fórmula: fuego tierra,
agua y el soplo divino,
que, agitando las ramas, provoca un
dialogo entre las hojas.
Y así:
Del rumor de las hojas rojas proviene
la ira,
del rumor de las verdes, la paz, la
paciencia y la serenidad.
Con el rumor de las hojas de plata se
forman las palabras
y con el de las hojas de oro se forjan
los destinos.
Así es la Creación bajo el soplo de
Dios:
Unas veces como brisa se manifiesta
amable y pacífica.
Otras, como huracán, manifiesta su
enojo y advierte.
Pero el incierto destino de los humanos
se forja al azar.
De una conversación entre las hojas
nace la sinfonía de la naturaleza;
cuya Obertura, Movimientos y Gran Final
Sòlo las hojas de ese árbol finalmente determinan.
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