Observa el jardín sonriente: da la impresión de haberse cubierto con un manto verde.
Míralo con tus propios ojos: no verás más que una alberca por la que corre el agua.
Te consideras todopoderoso a la sombra de sus árboles, pues, dondequiera que vas,
tienes sobre la cabeza sombra.
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El río es una mejilla que se sonroja con los rayos del sol
y a la que la sombra del sauce hace el oficio del bozo.
El agua que cruza al pie de las ramas parece que les ponga ajorcas de plata,
y las flores, la diadema.
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Has llegado
y se han reverdecido las colinas,
se han cubierto de flores en honor del visitante.
La tierra y quienes la pueblan han gritado:
¡Bien venido!
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