12 jun 2017

Libro de la muerte (poemas árabes) -Extractos-

Salieron con el entierro y cada uno de los que lloraban lanzaba en su interior los mismos gritos de espanto que Moisés en el día de la tormenta del Sinaí.
Así llegaron a un sepulcro cuya tumba parecía que se había abierto en el corazón de todos los verdaderos creyentes.
Jamás, antes de su entierro, hubiera creído llegar a ver el monte de Radwa llevado en brazos por los hombres.
Antes de haberte visto sepultado hubiera asegurado que los astros no pueden descender debajo, de la tierra.
¡Oh tú que has encontrado morada en la ultratumba y estás preso en su seno, iluminado y resplandeciente por su luz!
La fama ha garantizado su resurreción; permanece encerrado en sus mazmorras y da la sensación de que ya hubiese resucitado.

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Has abandonado lo caduco para irte a reunir con lo eterno; igual hicieron todos los hombres que te precedieron.
Te has apartado de este mundo cambiante sabiendo que lo que vas a encontrar te recompensará ampliamente.
Supiste resguardarte de los lances del enemigo en el momento en que las incidencias de la guerra tentaban al lance.
Me doy cuenta de que este mundo es sólo miseria y vanidad y que el mayor deseo de las criaturas estriba en buscar y encontrar a Dios.
El Señor del trono celeste te había prometido el paraíso y te había instalado aquí de modo temporal.
Por tu causa me he quedado en plena angustia y veo que Oriente y Occidente se entristecen por tu pérdida.

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¿Donde está el generoso si la mano de tu munificencia está bajo el polvo?
Después de tu muerte mi cuerpo ha adelgazado de dolor.
¡Oh, tú que eres el último de los difuntos!
¿No ves cómo las lagrimas abren surcos en mis mejillas?
¿Te das cuenta? ¿Te da alegría al verlas? 
¡Por Dios! Jamás en mis pensamientos más íntimos, he malpensado de ti.
Jamás ha pasado por mi mente el recuerdo de tu poderío sin que las lagrimas del llanto llenasen mis ojos.
Y cuando he intentado  mirar a otra parte, la pasión me ha hecho verte en sueños.

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Hemos oído y hemos obedecido
y ahora morimos.
Llevad mis saludos a aquel que ha impedido mi unión.

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He pasado junto a una tumba vieja, situada en el centro del jardín;
encima de ella florecían siete anémonas.
Pregunté:
¿De quién es esta sepultura?
y el polvo me contestó:
Anda con cuidado, pues aquí yace un amante enamorado.
Entonces exclamé:
¡Dios te proteja, víctima del amor, y te haga alcanzar en el Paraíso un alto estrado!
La morada de los amantes, entre los humanos, incluso sus tumbas,
están cubiertas por el polvo del envilecimiento.
Si pudiese sembrar, plantaría un jardín, que regaría con mis muchas lagrimas.

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Las tinieblas han extendido su manto,
mis lágrimas son más copiosas mientras la pena del amor arde en mi corazón.
Preguntad por mí a las noches y os dirán que la angustia sofoca mi corazón enamorado.
Paso las noches en vela contemplando las estrellas,
como muerto en vida, las lágrimas heladas resbalan por mis mejillas como granos de granizo.
Estoy solo, sin nadie que me acompañe,
como un amante desesperado sin mujer ni hijos.

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Me ha amenazado con la muerte y me entristece,
La muerte me serviría de reposo, y el morir es cosa dispuesta.
El amante prefiere la muerte a una larga vida que le oprime y le sujeta.
¡Por Dios! Visitad a un amante que tiene pocos valederos.
Soy vuestro esclavo y el esclavo es un prisionero.
¡Señores míos! Sed clementes con el amor que por vosotros siento,
pues todo aquel que ama a gentes libres, es perdonable.




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