Ambas mujeres estaban sentadas a la turca en el sofá, charlando amistosamente. La viuda tenía setenta años y su suegra ochenta y cinco. Habían olvidado el largo periodo de tiempo en que estaban llenas de celos, rencor y odio. El difunto había logrado impartir justicia entre la gente, pero había sido incapaz de establecer justicia entre su madre y su esposa. Ni siquiera había podido mantenerse al margen.
Cuando el hombre se fue para siempre, por primera vez las dos mujeres estuvieron de acuerdo en algo: la profunda tristeza que sentían por él.
La vejez ha templado la terquedad y ha abierto las ventanas a la brisa de la sabiduría.
Ahora la suegra reza por la viuda y le desea de todo corazón salud y larga vida. La viuda por su parte, le pide a Dios que alargue la vida de la otra para que no la deje sola y desamparada.
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